miércoles, 12 de diciembre de 2007

El espectáculo punitivo

En Vigilar y Castigar de Foucault aparece el poder como construcción positiva, a través de múltiples tecnologías (a diferencia de sus primeras obras de en donde aparece una concepción puramente negativa: funcionamiento sólo por represión). Foucault introduce la relación poder- saber (el poder crea saber y este da lugar a relaciones de poder y las legitima), mostrando así el origen displinario de las ciencias humanas y estudiando su configuración a partir de la reestructuración del sistema penal.

En los siglos XVIII y XIX se produce una crisis en la economía de los castigos y una reorganización del sistema punitivo. En este periodo de transición se pasa a castigar al cuerpo en forma violenta y directa a un castigo más sutil, más humano. Este nuevo poder se caracteriza por ser microscópico, capilar, encuentra el núcleo mismo de los individuos, alcanza su cuerpo, se inserta en sus gestos, sus actitudes, sus discursos, su aprendizaje, su vida cotidiana…con estas nuevas modalidades se produce una inversión del eje político de la individualización. El objetivo de la pena pasa a ser convertir al malhechor y obtener su curación. En definitiva, normalizarlo. Ya no se juzga el delito que haya cometido, sino el alma del delincuente: lo que fue lo que es y lo que será, así como el grado de probabilidad de que vuelva a delinquir.

Para evidenciar esta nueva modalidad es interesante contrastarlo con algunos aspectos de la organización anterior: en el caso del suplicio es preciso que los habitantes sean espectadores para lograr atemorizarlos y así mostrar el poder real. Este ritual comienza a desaparecer hacia finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX con los códigos modernos, con lo que desaparece la idea del “espectáculo punitivo”. Hacia finales del siglo los delitos contra la propiedad privada parecen reemplazar, incluso, a los crímenes violentos. Esto forma parte de un mecanismo complejo en el que intervienen numerosos factores como la elevación general del nivel de vida, valoración tanto jurídica como moral de las relaciones de propiedad y el hecho de que la justicia pase a ser más severa con el robo. Con la reforma se pretende hacer a todas las personas partícipes de la ley por tanto aquella que comete un delito se convierte en enemigo de la sociedad. Se produce un proceso de objetivación de los delincuentes y los delitos y la detención se convierte en la forma más usual del castigo. Debemos tener en cuenta que todo lo relacionado con el encierro, ya sea en cárceles u hospitales, eran símbolos de un poder arbitrario y soberano.

Foucault dirá que lo más importante es que este control y esta transformación del comportamiento van acompañados de un saber de los individuos: la prisión funciona aquí como un aparato de saber. No se castiga para borrar un crimen, la racionalidad que hay detrás es la idea de transformar a un culpable, el castigo debe llevar consigo cierta técnica correctiva.

La prisión aparece como algo natural, ligada al funcionamiento de la sociedad, y tiene principios del siglo XIX, la función de normalizar (reeducar, volver a enseñar lo que no se aprendió) para lo que es necesario el castigo diversificado e individualizado y una producción de saber para ocuparse de todos los aspectos del individuo.

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